30
octubre

El Premio

Madrid-Gran Vía

Me fui en el mes de agosto a San Sebastián con “Ardor guerrero” como compañero de viaje. Nunca había estado allí, pero mucho antes que la imagen dorada y cinematográfica del Donosti de los reportajes de Carlos del Amor, tenía la gris y castrense de la mili de Antonio Muñoz Molina. Desde las ventanillas del tren verificaba con exactitud las descripciones de los suburbios industriales de Rentería y Oiartzun y del monte Jaizkibel.

Desde hace años me viene pasando que voy por las aceras anchas y sucias de la Gran Vía de Madrid y tuerzo el cuello para reconocer cada edificio descrito en cada libro, con sus cresterías y cupulines brillando al sol. Y como nunca he ido a Nueva York, me ahorro el tormento de ir reconociendo cada sitio hollado por Muñoz Molina. Yo es que no viajo, peregrino.

Allí en la estantería, “Beltenebros”  comenzaba diciendo algo de un hombre que había ido a Madrid para matar a otro

A Muñoz Molina lo descubrí un nublado mes de julio en una casa de Santander adonde fuí a parar como canguro de unos niños. Allí en la estantería, “Beltenebros”  comenzaba diciendo algo de un hombre que había ido a Madrid para matar a otro, y me llamaba para emparentar con una especie  de paisano que a la fuerza habría de comprenderme entre los jirones de niebla y la ausencia de clima meridional.  Luego vinieron “El invierno en Lisboa“, que no me gustó, y “El jinete polaco“, donde desmenuzaba una adolescencia tan triste y cargada de canciones como la mía.  Era un descubrimiento leer entonces cómo el protagonista emergía de entre las sábanas quitándose un pelo rizado de la boca (no olvidemos que apenas comenzaban los noventa).

Después ya sí vinieron momentos estremecedores como la lectura de “Sefarad” para darme cuenta del frágil equilibrio entre la guerra y la paz, entre las dictaduras y las titubeantes democracias, entre el exilio y la altanería o el miedo resignado del que se queda, “El viento de la luna“, “Ventanas de Manhattan” o “La noche de los tiempos“. También me he reído mucho leyendo las carreras en taxi por Madrid de sus personajes más atribulados, y las descripciones atroces de los pisos de estudiantes de la plaza de San Isidro en Granada.

El pasado 25 de octubre se entregó el premio Príncipe de Asturias de las Letras en su edición 2013  a Antonio Muñoz Molina. Parece que en cuanto a un creador de prestigio se le entrega un premio de reconocimiento automáticamente pasa a engrosar la categoría de los vendidos, de los que se han dejado acariciar por los terciopelos y oropeles de los galardones, y de lo que es mucho más grave, que aceptan sin pestañear el suculento cheque del premio.

A mí no me importa el premio, los reconocimientos son necesarios. Más si en los discursos se ahonda en recordar tiempos que parecían amenazadores, en recordar lo que se hizo bien y en advertir de los tremendos errores que estamos cometiendo.

*Imagen de uno de los edificios de la Gran Vía de Madrid.

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